miércoles, 21 de noviembre de 2007

De máquinas y locuras

Y si aquella fue mi primera máquina de escribir, es evidente que no fue la única.
      No es que buscara reemplazarla. Fue más simple. Al ser poco portátil debía recurrir a talleres de mecanografía de mi prepa… o mejor dicho, de mi vocacional (fui estudiante del Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos #3, Estanislao Ramírez Ruiz del IPN). Lo que a su vez suponía otra cosa: acostumbrarme a poner los acentos antes de la letra, no como en la Remington, donde se ponían después, lo cual contradecía, iba en contra de todos los sistemas ‘modernos’ de operatividad en cuanto a máquinas mecánicas. Lo cual, finalmente, se tradujo en una nueva y realmente portátil máquina de escribir. Es esta:



      Y durante largos años me acompañó, desde 1983 hasta 1989, cuando adquirí la primera PC, una XT con un fabuloso disco duro de 20 megas que el vendedor me aseguró jamás llenaría… En fin, en esa Letrera 32 escribí los cuentos del desconcierto, esos que surgían en los momentos de crisis literaria, en ese instante en que las palabras de mis profesores de licenciatura negaban del todo mi vía en la Ciencia Ficción. Y en que mi propia exigencia lectora me hacía desear otros alcances. Con la PC, de pronto, todo se aceleró. Ya no me importaba escribir y escribir, porque todo era suceptible de corregirse antes de la impresión. Ya no tenía que recoger los pedazos de hojas aprobados y tipearlos de nueva cuenta en otra hoja en blanco…
      Pero extrañaba las teclas. El aporrear con toda el alma, sin temor a romper nada… Lo extrañaba tanto que tan pronto hubo Windows, le puse al procesador de textos sonido de máquina de escribir, para volver a sentirme en esa primitiva alquimia. Me encantaba ese sonido. El analógico, no el digital. Era lo que más extrañaba de la máquina de escribir. Eso y sus sostiene folios… Pero en algún momento lo olvidé… Y sólo lo recordé en 1998, cuando David J. Schow diera una conferencia en nuestro Primer Festival Internacional de Ficción, Fantasía y Terror de la Ciudad de México (nuestro, tomando aquí en cuenta al grupo Goliardos) y ahí afirmara él (Schow) que toda su prosa la escribía en máquina, no en PC, porque, precisamente, en sus sostiene folios, el veía antenas que captaban los argumentos desde algún lugar impreciso de la atmósfera o el espacio exterior… Idea que yo también sostenía, pero olvidara… Supongo que entonces, y recordando el par de semanas que estuve sin PC en 92, mientras escribía La Primera Calle de la Soledad y recurriera a esta Letrera, empecé a rendirles un culto especial.
      Uno que acabara su forma definitiva con mi tardío encuentro con Naked Lunch de Cronnenberg. Es muy extraño, pero todas mis computadoras han tenido nombre desde el primer día. Las de escritorio se han llamado siempre Ubik (por Dick y su novela homónima) y hoy llegan a la quinta generación. Las máquinas nunca tuvieron uno…
      Después, hace quizá un par de años, encontré un texto de Paul Auster, en una edición de lujo y papel couché con pinturas de sus máquinas de escribir (no recuerdo el nombre del pintor). Y esto me extrañó sobremanera, pues, que yo conozca, él es uno de los pocos autores actuales que se la ha pasado diciendo que escribe a mano, en libretas rojas…
      En ese momento compré el libro de Auster por curiosidad (y porque en ese momento era uno de los escritores más vitales para mí). Y por este culto a las máquinas de escribir… Cuando terminé de leerlo, creo que mi sospecha de que él también había visto a Cronnenberg, creció. Hoy recuerdo poco, más bien nada ese texto de Auster. Hoy recuerdo que fue Paco Ignacio Taibo II quien, con motivo del primer (y único, con este alcance fundacional y nacionalista) Taller de Ciencia Ficción en 1987, durante su conferencia magistral, asegurara que le parecía sospechoso todo autor que cuando decía escribir, gestualizara como si moviera un lápiz. El aseguraba que el profesionalismo venía con la escritura directa a máquina. Y le creí… Y ese sonido que tanto adorara más tarde, al principio era como una metralleta que dispersaba mis ideas y me dejaba en blanco, hasta que me acostumbré… me hice adicto a ella.
      Así pues, el hecho de que desfilen aquí estas máquinas (y las que faltan), no tiene un origen simple, sino mixto, plural. Pero están aquí porque son parte de la génesis. Parte de toda esta locura de escribir…

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