domingo, 18 de noviembre de 2007

La locura de escribir

Si un loco que todavía sigue escribiéndolas
quiere hoy salvar sus novelas, tiene que
escribirlas de tal modo que no se puedan
adaptar o, dicho de otro modo, que no
se puedan contar.

Milan Kundera


Puede haber montones de maneras de empezar un blog. Éste lo demoré demasiado y hasta hoy, cuando los nervios me llaman a abandonar mis obligaciones, decido escribir por primera vez, de la única manera que me es dado, hablando del mismo proceso de escritura. O de mis procesos. O de mis historias acerca de… Vaya usted a saber en que terminará este blog…
      Y si inicio con esta cita de Kundera es porque de una u otra forma me marcó. Hizo mella en mí, cuando ya me dedicaba a escribir, cuando ya era eso lo único que en verdad quería hacer. Y también viene muy a propósito del título que al fin decidí ponerle a este nuevo bebé, nuevo engendro virtual de palabra, sentimientos, exibiciones y lo que se vaya acumulando…
      He de confesar que no pensé en esa cita. Lo que estaba en mi mente era ese navío medieval cargado con todos los desadaptados sociales (leáse locos) y navegando interminablemente, siendo rechazado en cada puerto por los habitantes…
      Esta es la Máquina de los locos y pretende contar otro tipo de travesías…
Pero ya se irá viendo…
      Claro que tampoco empecé a escribir con Kundera. Él llegó mucho después, con la carrera en letras. Con los veinte cumplidos…
      Lo primero fue la ciencia ficción. Y paradigmas de éste género. Leer las biografías de Farmer, de Sturgeon (aunque fueran mínimas, apenas prólogos), de Lester del Rey, era lo que se me daba de manera natural. Era lo que tenía a la mano, lo que me arrobaba en esos tiempos.
      Leer y leer. Y tratar de escribir. Primero a mano, en las mismas libretas de preparatoria y después, poco más tarde, tras descubrir una convocatoria en la revista Encuentro de la Juventud, publicada por el CREA, supe que no necesitaba título alguno, edad mínima para participar y empecé a tundir la máquina.
      Una máquina que no era mía. Una máquina que mi madre había sustituido por una eléctrica, en los lejanos años de 1984 (cuando las computadoras eran gigantes inamovibles), aunque fuera su favorita.
      Yo vivía, estudiaba en el DF. Y esa Remington me ayudaba enormidades pese a la robustez de su constitución. Me ayudaba, pero no era portátil. O no lo suficiente para el DF.
      De cualquier manera, fue en ella que empecé a pasar, a corregir mis primeros relatos. Esos que fueron a parar a concursos de minificciones organizados en cada edición por la revista El Cuento de Edmundo Valadéz. Jamás gané, jamás me publicaron… Y eso no me enojaba tanto como leer algunas historias que eran meras transcripciones de chistes de moda. Recuerdo en especial uno que trataba sobre Drácula y sus tés de “bolsitas” recogidas en la basura…
      Pero seguí y seguí escribiendo.
      En esa Remington escribí El Sueño Eléctrico, mi primer cuento largo, mi primera mención honorífica, mi primera publicación y, para acabar de completar el círculo, la gota definitiva que me hizo dejar atrás mis estudios de ingeniería y decidirme a estudiar letras. A seguir con la escritura…
      Por eso, lo mínimo que hoy puedo hacer por ella; ella, quien como la muñeca fea normalmente está escondida en los rincones… Es mostrárselas, en una foto no muy digna, pero como ejemplo de la primera máquina que me condujo a esta locura:

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