miércoles, 14 de octubre de 2009

Una máquina de sueños

No hay fetiche simple. No hay fetiche que acabe de una vez por todas o que se conforme en un estrato. Los upgrades siempre son necesarios.

    Aplicación práctica: la máquina que da vida gráfica a esta página es parte de un sueño no cumplido. Uno que no se acaba ni empieza por el concepto gráfico de este template por mí realizado. En otras palabras, no tengo una máquina parecida. La he perseguido en tianguis de pulgas y la única vez que la encontré, no tenía efectivo.
    Lo anterior constituye el sueño simple. Uno que no sé de dónde surgió. Quizá de la original máquina de Juan Hernández Luna (esa en la que transcribiera lo escrito en la Atari 5200), quizá de mirar y mirar los domingos en Los Sapos (plazuela típica de Puebla), los oxidados ejemplares que llevan a vender casi siempre a precio de oro.

    El sueño complejo viene desde los libros, en particular desde un autor que encanta a Zárate pero a mí sólo ha logrado convencerme en tres ocasiones (tras insistencias de Zárate mismo), con tres obras distintas: La Torre Oscura, La mitad siniestra y, el lugar donde aparece el núcleo de este post: Los Tommyknockers. Por supuesto, estoy hablando de Stephen King. En la última obra mencionada hay tres factores fundamentales que me atrajeron: 1) La temática de CF. 2) El poeta borracho que se siente un fraude (algo similar me pasaba en la época en que se publicó y la leí). Y 3) La máquina soñada.
    Los fans del señor King bien podrían saltarse el resto o irse al final del post y leer mis conclusiones. Los que abominan a ese maestro del bestseller terrorífico, sólo denle una oportunidad a esto.
    No voy a contar la historia de la novela de marras, por supuesto, sino ese núcleo fetichista. Como siempre en la narrativa de King, un misterio campea y ha empezado a modificar comportamientos. El poeta borracho (Gardener), una buena mañana, se descubre alejado de ese circuito de lectura al que lo invitaran, al borde del muelle, vomitado y sabiendo que ha echado a perder su oportunidad. No sabe hacer mucho al respecto, excepto huir, refugiarse y qué mejor lugar que las faldas de su amiga Bobbi Anderson. Acude a visitarla y descubre que todo, en esa apartada granja, está patas arriba. Descubre más, una nueva novela salida de las manos de su amiga y surgida de la nada, en el sentido de quien sabe, conoce las torturas que representan la escritura de una novela. Y van las citas que ilustrarán mi soñada máquina:
    Gard había echado un vistazo a la vieja máquina cuando se sentó, pero nada más; el manuscrito había centrado de inmediato toda su atención. Había visto mil veces esa "Underwood" negra, pero el manuscrito era nuevo.
    --Si hubieras mirado bien, habrías visto el rollo de papel de ordenador que hay en la pared, tras ella, y otro de esos artefactos atrás: huevera, batería de larga duración y todo eso (...) No sé cómo funciona. Es que no sé cómo funciona ninguno de ellos... incluyendo el que proporciona toda la energía a la casa. --Sonrió [Bobbi] ante la expresión de Gardener.
    Poco más tarde agrega:
    El corazón le latía con fuerza
    --Ya está --anunció--. ¿Quieres que... eh... encienda…
    No se veía ningún interruptor. De cualquier modo, no le habría gustado tener que tocarlo.
    --No hace falta -respondió ella.
    Se oyó un chasquido, seguido por un zumbido, como el de los transformadores de los trenes eléctricos de juguete.
    De la máquina de Anderson empezó a brotar una luz. Involuntariamente, Gardener dio un paso atrás, y sintió que vacilaba sobre las piernas, que parecían postes. El rayo surgía de entre las teclas, en misteriosas pinceladas divergentes. En los costados de la "Underwood" había paneles de vidrio, que relucían como las paredes de un acuario.
    De pronto, las teclas de la máquina comenzaron a ascender solas, como las de un piano mecánico. El rodillo se movía con celeridad. Las letras se esparcieron por la página.
Ahí no acaba todo:

    El carro volvió, y las teclas martillearon entre los ojos dilatados y fijos de Gardener:
    Has acertado a la primera vez. Lo estoy haciendo desde la cocina. El artefacto instalado detrás de la máquina es sensible al pensamiento, así como la célula fotoeléctrica lo es a la luz. Esto parece recoger mis pensamientos con toda claridad a una distancia de siete u ocho kilómetros. Si estoy más lejos, las ideas comienzan a volverse confusas. Más allá de quince, no funciona.
    ¡Ding! ¡Bang! La gran palanca plateada de la izquierda funcionó dos veces por cuenta propia, izando el papel... que ahora tenía tres mensajes perfectamente mecanografiados.
    Algunas líneas más abajo reanudó la escritura.
    Ya ves que no he necesitado sentarme ante la máquina para trabajar en mi novela. ¡Mira mamá, sin manos! Esta pobre "Underwood" corrió como una loca durante esos dos o tres días, Gard. Y mientras tanto, yo estaba en el bosque trabajando allí o en el sótano. Pero como te digo, casi siempre funcionaba mientras yo dormía.

    En otras palabras, ¿resta algo que decir? Imagínenlo nada más. Esa posibilidad de construir un accesorio adicional a tu simple máquina mecánica para que capte tu incosciente y escriba desde él novelas perfecta y completamente mecanografiadas en un plazo cercano a los tres días... ¿No es un gran sueño en sí? Si antes me quejaba de las horas de sueño que interrumpían mi escritura, ahora que sigo una rutina más tradicional de trabajo, este mero ente ficticio se vuelve mundo, universo deseable. Imposible, sí, pero, al estilo de los románticos, quizá por ello más degustable.
    No se me mal entienda. No es que me moleste escribir. Al contrario, lo disfruto a rabiar. Lo que me molesta es el resto de las actividades mundanas que impiden mi escritura. Si pudiera tener una máquina como la de Bobbi Anderson... ¡Dios!, creo que lo más terrible sería ver cómo las novelas se acumularan en el cajón, sin encontrar editor.

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