miércoles, 4 de febrero de 2015

Máquina de primeros artificios

Y en esa aventura que empezara con la lectura de la revista "Encuentro de la Juventud" del CREA, esa que con una convocatoria de premio de cuento joven me aclarara que para ser escritor no necesitaba títulos, ni arbitrado entrenamiento, empezó también la cacería de convocatorias. No queda en mi memoria la noción de que haya encontrado de nueva cuenta otra edición de ese original premio... sólo la decepción por el cuento ganador. Un cuento sobre un John Lennon robótico, en ese tiempo en que a todos les encantaba soltarte que sin los Beatles el rock no existiría, y sin Lennon, menos aún. Mentiría si dijera que recuerdo sus bondades literarias. El cuento me repugnó... A tal grado que no recuerdo ni título, ni autor (con mi suerte, luego averiguaré, tras publicar esto, que es de un mandamás cultural).
Tampoco recuerdo, bien a bien, cómo llegué a la revista "El Cuento". Sí me queda claro que me ofrecía la oportunidad inigualable de mostrar mi talento en una sola página... pues esta revista convocaba a un concurso permanente de microficciones... pero lo que en un momento pareció una ventaja, terminó revelándose como algo no apropiado a mi escritura (Quiroga deja claro en "Ante el tribunal", esta peculiaridad del natural aliento largo o corto...).
En esta Smith-Corona, que aún es de mi prima Magdalena Orozco, escribí varias minificciones... hasta un par de páginas de lo que luego sería mi primer cuento de CF: "El sueño eléctrico". Lo raro, en aquellos lejanos días de 1983 a 85, es que esta máquina, en su carcasa, era una de las primeras constituidas por plástico... una suerte de máquina de escribir de juguete. No porque no sirviera, sino por esa fragilidad, ese colorido, esa modularidad que le permitía cubrirse y volverse estuche con su tapa. La máquina me encantaba, pero he de confesar que siempre temí destrozarla; con las máquinas como la Remington de mi madre, siempre me daba el gusto de tundir duro el teclado, y en esta Smith-Corona, el sonido salía amortiguado, aplacado por esa bóveda de plástico...
La font tampoco era parecida ni a la Remington, ni a la Letrera 32... por eso  terminamos consiguiendo mi Estudio 45... pero esas son ya historias que se contaron en este blog...
De esta Smith-Corona ni siquiera conservaba el recuerdo. Apenas, en diciembre, mientras desempacaba cosas para el árbol de Navidad y sacaba la foto de mi primera Printaform, me alcanzó el la remembranza nostálgica de esta maquinita de plástico azul...
La foto la tomó mi sobrino Francisco y la comparto aquí, como uno de esos especiales recuerdo-fetiches sobre el inicio de esta obstinada carrera de escribir y escribir...

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